FRANCISCO TOLEDO POR ARMANDO VEGA GIL

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Por Armando Vega Gil / @ArmandoVegaGil

Primer encuentro.

El lugar:

El Ágora era una de las librerías más queridas a principios de los ochenta en la ciudad de México: la diversidad, complejidad y rareza de títulos venidos de todas las latitudes del mundo hispanoparlante (allí conseguí una primera edición de Rayuela, perdida ahora en la noche de los tiempos), la oferta en películas Beta y la fonoteca eran deslumbrantes (allá me hice de mis primeros discos de Chic Corea, Oregon y Patty Smith y una colección de Zafra de Tarkovski). Era un localito luminoso y cálido, con una lógica de laberinto. En una noche de frío y lluvia, entrar allí era darse de frente con un pequeño paraíso y extraviarse en la pura contemplación de los inalcanzables libros de arte. En especial uno de una editorial concentrada en poesía, gráfica y arte: Editorial Toledo. Sí, el insumiso pintor oaxaqueño que rompiera con la generación de la ruptura (ya no más inditos folclóricos en murales de edificios regenteados por burócratas y parásitos del Estado), Francisco Toledo, había fundado su propia editorial para buscar nuevos y respondones horizontes. El libro que anhelaba estaba hecho en un precioso papel pulpa con una portada del propio Toledo; parecía hecho a mano, directo de la mano del maestro. Sí, ese Toledo que también hacía las portadas de los libros de Carlos Castaneda editados por el Fondo de Cultura Económica (estos vaya que sí eran accesibles) y que durante muchoa años habían sido mi biblia pagana.

El momento:

Aquella tarde, llovía y la noche se habían adelantado en un inexistente horario de otoño. Yo tenía un concierto con Botellita de Jerez y había llegado temprano para mirar ese libro de Toledo. Quizá hoy sí entrara —pensé lleno de esperanza flaca— la suficiente gente al recital como para que El Ágora pudiera darnos algún méndigo mendrugo de la taquilla y, de allí, sumar los esfuerzos de flaca mi cartera para comprar esa maravilla de tinta y papel oaxaqueños. Y, ¡vaya!, si comprar un libro de Toledo era complicado, tener una obra de él era imposible.

¿Cuándo podrpe tener una pieza de él en un lugar de honor en las paredes de mi casa? Nunca.

Nunca.

En la librería, no sólo estaba la nave de los libros, sino que en la planta alta había un pequeño foro en que se daban funciones de teatro y conciertos. En aquellos años, no había más de un par de foros para los músicos de rock que comenzaban a retomar el paso luego de la represión que sufriera todo aquello que sonara a música juvenil en la década de los setenta; así que, en una reacción extrañísima por parte de las trincheras de la cultura, librerías como Gandhi, el Juglar y El Ágora, se atrevían a escandalizar sus estantes literarios.

Subí al área de toquines y, previsiblemente, habían sólo unos cuantos chicos-público haciendo cola: a los chilangos nos espantaba la lluvia en aquellos días. Una pareja muy chiquita y pandrosa, sin duda hijos de escuela activa, me llamó la atención.

—Hola —me dijo el muchachito de cabello largo y mirada esquiva—. Me llamo Gerónimo.

—Hola —me dijo la chica de carita fina—. Me llamo Laureana. Somos hijos de Toledo.

Yo me quedé frío. ¿Toledo-Toledo?

Laureana sonrió llena de orgullo y me extendió una calcomanía de cierto cómic francés en el que los personajes principales eran unas ratas antropomorfas que vestían chamarras de cuero y jeans (pantalones vaqueros) y andaban en motos madreando gente, poniéndose hasta el cepillo y jugándose la vida.

En Botellita de Jerez, como parte de nuestro discurso colectivo, habíamos decidido adornar las guitarras y la batería con tiras de hule y calcomanías como si tal se trataran de una bicicleta naca, un taxi naco, una altar guadalupano naco, porque lo naco era chido.

Años después, Gerónimo se volvió el Doctor Lakra, cotizado mago de las artes plásticas. Laureana devino en una respetada artista contemporánea que en los ochenta, preparando su discurso estético, se había enamorado del ritual de Botellita, un acto escénico en el que decidimos burlarnos con harto orgullo de lo mexicano, por lo que las calcomanías y pins traídos de Europa por Laureana poblaban mi bajo y mis chamarras de cuero (menos poderosas que las de las ratas francesas).

Aquel primer, tangencial y distante encuentro con Toledo, que se prolongó en una amistad dispersa pero firme a través de su hija, hizo sentirme cercano al genial pintor, sin haberlo visto jamás a los ojos más que a través de fotografías y autorretratos dislocados, así que comencé a buscar sus exposiciones, a comprar cuanto libro existiera de él, anhelando viajar a Oaxaca, el terruño de Toledo, para sentir esa vibración lumínica que hace únicos  los artistas oaxaqueños. Conocer a un hombre a través de sus criaturas, sus hijos, sus obras, es una manera firme pero marcada con la ausencia.

Segundo encuentro.

La primera vez que rondé el paraíso a través de los hongos sagrados, resistiéndome a salir de un encierro que me hubiera privado de reconocer una de las múltiples realidades que nos circundan y la específica conciencia que ella de sí, me encontré con una visión de bestias con la piel erizada de espinas, inflamadas con colores tierra y oro, lodos geométricos que estallaban en fulgores maravillosos, azules salitrosos, rojos minerales, como las obras de Toledo.

Yo estaba en Huautla de Jiménez, en la sierra Mazateca, y en mi primer encuentro con los Santos Niños, cuando me abstraía de la realidad concreta con sólo cerrar los ojos, descubría el lenguaje de Toledo en una revelación mágica. Yo, para observar a los modelos vivos de Francisco, debía inducir un sueño lúcido a través de una planta de poder y romper con el entorno. Toledo, no, él seguía un camino inverso al mío, transformando sus sueños y pesadillas en sustancias reales. ¿Era Francisco Toledo un shaman, un curandero zapoteco, un brujo? ¿O es que el arte de este hombre era la visión del mundo venida detrás del tiempo y el espacio? ¿Qué era entonces el arte?

Tercer encuentro.

Para no faltar a nuestra insana costumbre, mis compañeros de Botellita de Jerez y yo íbamos tarde. Habíamos quedado de vernos con Francisco Toledo en un cafecito que él frecuenta para desayunar en el corazón de Oaxaca. Yo ya había estado en el CASA, Centro de las Artes de San Agustín Etla, apabullado por esas enormes naves que eran los recintos de monstruosas maquinarias textiles y que ahora cobijaban artistas de toda índole, por lo que podías encontrarte, bajo el mismo techo, un grupo de danza contemporánea japonés, un pintor mexicano haciendo obras de enorme formato en extraños y fascinante papeles de algodón junto a un taller de revelado con químicos no contaminantes, talleres para niños con tendederos de piezas impresionantes, y una aire de belleza y poder emocional flotando por cada tuerca y tablón, por cada viga y ventanal. Allí no vi jamás a Toledo, pero sin duda estaba allí su espíritu tenaz y generoso. De echo, después de muchos años, me encontré a Laureana, ella siempre con ese aire esquivo, con una seguridad tremenda al pisar ese suelo que su padre había sembrado de decisiones y enseñanza, de experimentación y gozo.

Yo ya había estado en la Feria Internacional del Libro de Oaxaca, una de las más bellas y cercanas (a mi corazón) del país, donde la hoguera de egos se da de frente con la cercanía inevitable del mezcal, la comida amorosa y el enfrentamiento cara a cara; pero a Toledo jamás me tocó verlo deambular por las calles con ese aire esquivo que heredara a sus hija, tímido, viento.

A través de su hija Natalia, Francisco se había enterado de que habíamos escrito con Botellita una canción, Sin maíz no hay país, como un manifiesto nuestra postura en contra de la siembra de maíz transgénico en México por parte de los criminales hijos de puta de Monasanto.

Toledo confluía con nosotros en su batalla por denegar la siembra de transgénico en Oaxaca; así que, en una primera oportunidad que tuvimos de hacer un recital en la tierra de Toledo, pudimos encpntrarnos.

Yo iba que me desmayaba de nervios, más que por el retraso, por el tema conocer en directo a este hombre cuya obra me ha acompañado gran parte de mi vida. Me adelanté a todos y entre corriendo al desayunador y lo vi allá, desmarcado en un rinconcito, en la cabecera de una mesa larga, colectiva.

No creo que supiera de entrada a boca jarro quién era yo, pero me lancé directo, con una sonrisa, abriendo los brazos para estrecharlo.

—Francisco —le dije en un torpe tuteo; y él se enconchó un poco, pero yo no podía no abrazarlo, aunque se hiciera chiquito y escurridiz.

Me aguanté las ganas de ponerme a llorar, de confesarle que lo admiraba desde antes del principio de los tiempos, que conocpia a dos de sus hijos, de que llevaba un pequeño libro de él para que me lo autografiara; pero sabía que eso era una indiscreción, un paso dado fuera de lugar. Así que cuando sentí su cuerpo delgadísimo, supe sólo hablaría con él del tema que nos convocaba; que tendría que contener las lágrimas y la sorpresa sofocante, de que no sacaría mi libro para que me lo firmara.

Francisco fue tímido, tangencial. Nos sentamos todos a la mesa y nos expuso —con una voz inaudible, más que yo estoy perdiendo zonas de escucha por tocar a volúmenes tas fuertes durante más de treinta años—cual era el corazón de su militancia por la defensa del maíz tradicional, del grano ancestral, de los yaquis a los mayas, como suma de la historia y la resistencia de una patria herida de muerte, el máiz como ser mítico, cotidiano, querido.

En un poquito más de una hora, planeamos hacer un disco con nuestra canción más una versión en zapoteco rapeada por un grupo de allá para llevarlo a todas las comunidades de las siete regiones, de la sierra a la playa, cruzando por la multiplicidad de dialectos orgullosos de este territorio amplio y resistente. La idea era pasarlo por las radios comunitarias, dejar uno en cada hogar, volver las dos canciones un himno de la lucha por el maíz.

Francisco haría la portada.

Pero la realidad del país se volvió densa, cruel, y las ganas de trabajar juntos se congeló en medio de los golpes que las instituciones federales y estatales le han propinado a Toledo y sus proyectos de grafica popular, de resistencia cultura, de rebeldía a través del arte. La versión rap en un sonecito delicado allí está, lista para transformarse en una obra colectiva.

¿Cuándo? Quizá ya no haya razón de ser de la canción y su función emergente: hoy Toledo y su gente han ganado la batalla regionalÑ en Oaxaca se ha suspendido el permiso para que Monsanto siembre su maíz suicida en Oaxaca. Aún así, falta el resto de la república.

Y la reunión debía terminar ya.

De pronto, en una acción que me dejó de boca abierta, Toledo sacó de unos envoltorios de papel unas piezas fantásticas: eran unas mazorcas envueltas en hoja de maíz hechas con un fieltro minuciosamente bordado y amartillado con palas erizadas de agujas para incrustar pelambres teñidas de lana. Los elotes tienen un rostro monstruoso, amenazante, de muerte, muy toledianos. Y nos dio uno a cada uno de los botellos. La idea era tomarnos una foto donde acuchilláramos los elotes transgénicos, donde los rechazáramos y desapareciéramos en la mutilación ritual del enemigo común.

De pronto, Toledo desapareció después de pagar él la cuenta.

Toledo generoso, Toledo escurridizo, de voz secreta, de talle más bien atraído por el imán mágico de la tierra.

Hoy, en la sala de mi casa, descansa sobre el piano esta pieza de Toledo, yo que me había resignado hacia treinta años a jamás poder tener en mi poder una obra del artista vivo que más admiro en la vida.

Gracias por todo, querido Toledo.

Comments(2)

  1. REPLY
    hechizos de amor says

    muy buen post, me ha gustado mucho la informacion. gracias por compartirla. saludos

    • REPLY
      imagen MACO says

      ¡Gracias a ti!

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