ACONTECIMIENTO EN EL UMBRAL, EPIFANÍA DE LA LUZ -RAÚL SORUCO PLANTA ALTA EN EL MACO

ACONTECIMIENTO EN EL
UMBRAL, EPIFANÍA DE LA LUZ

Por :FERNANDO MONTESDEOCA

¿Podemos considerar, como lo hizo Kandinsky, que el arte abstracto es en realidad concreto debido a que se trata de pigmento puro sobre un soporte? Tal vez se trate de una generalización insuficiente; pero, en todo caso, ¿por qué iniciar, a estas alturas con una reflexión sobre las sutilezas que separan (si fuera el caso) lo abstracto de lo concreto, a propósito de la obra gráfica de Raúl Soruco? Precisamente porque me parece que Soruco transita en una especie de afortunado umbral entre ambas nociones, en estado latente de “metamorfosis” de uno a otro lado del espejo. Kandinsky era también músico y comprendió las conexiones entre música y pintura y las posibilidades de la pintura abstracta-concreta para expresar visiones y estados interiores no imitativos. Metáforas de lo inefable. Este es el universo en donde la obra de Raúl Soruco vislumbra y se vislumbra, en el umbral mismo del acontecimiento, apenas tocando lo indecible, sin develarlo nunca del todo —¿cómo podría—; sin embargo, el acontecimiento material que pone en juego Soruco, y que está a la vista como forma y como color, es al mismo tiempo un acontecimiento latente, a punto de suscitarse, desde las capas “subterráneas” —subcutáneas— de sus significados posibles. Un síntoma revelador de la producción de significados y de sentido en la obra de Soruco es el movimiento, el potencial cinético de la mancha y de la intensidad del color de los pigmentos. Se trata, sin embargo, de una suerte de movimiento contenido, pero expansivo; sin la pasividad aséptica del equilibrado arte geométrico de un Mondrian. No, el movimiento en el arte de Soruco es tal, que traspasa los límites del cuadrado; primero, por la rica densidad del color y su textura, que se desplazan como una lenta explosión, una radiación casi. Una irradiación del color. Hay un segundo nivel del movimiento en estos grabados: el de la mancha que los surca, en unos casos transgresión súbita, recién aparecida en el repetido instante de la observación; en otros potencialidad de un movimiento que vibra, ya a punto de atravesar el umbral de sus límites gráficos, a punto de transformarse en figura; pero, ¿qué no es la figura el polo opuesto de la abstracción? Esta es una cuestión que en el caso de estas obras de Soruco queda en suspenso, pues en ellas más bien parecen fusionarse, ambos polos, y crear el territorio en donde lo abstracto se convierte en acontecimiento, y así fluctúa sobre la línea fronteriza —el umbral— entre lo abstracto-concreto y la premonición de lo figurativo. De este modo, en este proceso de lento movimiento en expansión, el tiempo se convierte en una variable en juego. No un tiempo referencial, narrativo, sino un tiempo vivencial inmediato, que el acontecimiento latente, nos remite a estados del ser que fluctúan. Metáfora en movimiento, estas piezas gráficas son, también, una caligrafía. Una caligrafía orgánica, textura del mundo que quiere despertar al otro lado de nuestra mirada, en lenta revelación, en lenta epifanía de luz; y digo epifanía en el sentido ambiguo al que hace alusión Umberto Eco, quien las describe como una aparición que se revela y que, dice, “aún así no sabemos qué nos revela”.

Ven y se testigo de su estupenda exposición en toda la planta alta:

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